Introducción: Qué es la ansiedad de alta funcionalidad
Cuando pensamos en ansiedad, es probable que pensemos en dificultad para rendir en nuestro día a día, en evitación o en bloqueo. Sin embargo, en la actualidad, solemos vivir con niveles bastante elevados de ansiedad y, aun así, se sigue cumpliendo con todas las responsabilidades, expectativas y todo lo que nos hemos planteado, cuidando de los demás, sacando adelante el trabajo, etc. Todo esto, mientras se muestra una etiqueta de “todo bajo control”, aunque la realidad es completamente diferente. A esto se le suele llamar ansiedad de alta funcionalidad.
No se trata de un diagnóstico clínico que viene recogido en manuales diagnósticos, sino más bien, una forma de experimentar la ansiedad en la que el malestar queda en segundo plano, porque seguimos funcionando. Nos exigimos constantemente para ser productivos/as, para ser exitosos/as, para llenar nuestros días de tareas. Aquí entran los “tengo que” y “debería” en nuestra vida, porque si paro y descanso, entonces, ¿soy una persona vaga?
Hemos normalizado el estar ocupados todo el día, llegando a sentir una presión interna constante por cumplir con estándares muy altos o incluso, por no decepcionar a los demás. Esta presión no siempre viene del entorno, sino que con frecuencia nace de nuestras propias creencias sobre “debería hacer esto» o «debería ser así».
La ansiedad de alta funcionalidad es difícil de reconocer, porque parece que desde fuera todo va bien: la persona obtiene resultados positivos en su vida, es reconocida por algo, es muy productiva, muy responsable… Y desde fuera, esto es valorado positivamente por la sociedad, lo que refuerza a que sigamos viviendo en esta autoexigencia. Pero realmente, el malestar puede está oculto detrás de todo este rendimiento.
Sin embargo, todo esto tiene un coste, que suele aparecer en forma de cansancio mental, sensación de ir acelerado todo el tiempo, dificultad para desconectar o de sentir que nunca es suficiente.
Lo que hay detrás de la ansiedad y la alta funcionalidad
En muchas ocasiones, las personas con ansiedad de alta funcionalidad presentan un patrón común, donde aparece una alta autoexigencia, unida a la sensación de que siempre se puede -y se debe- hacer un poquito más. Además, en algunos casos también nos encontramos con un componente perfeccionista, que nos mueve a cumplir ciertos estándares muy elevados para sentirnos válidos. Estos factores se han relacionado con mayores niveles de ansiedad, lo que también puede conllevar a una preocupación constante y a miedo a equivocarse.
De esta manera, el valor personal empieza a depender del rendimiento y la productividad de la persona, por lo que descansar, bajar el ritmo o incluso delegar, puede verse como un fracaso en lugar de como una necesidad.

A todo esto, se suma un factor que refuerza lo anterior y mantiene esta ansiedad en el tiempo: el reconocimiento externo. Vivimos en una sociedad donde ser productivo, estar activo todo el día o siempre disponible suele interpretarse de manera positiva. ¿Cuántas veces no hemos escuchado frases como: «no sé cómo te da la vida para todo» y nos hemos sentido satisfechos/as?
Este tipo de comentarios refuerzan este funcionamiento, la ansiedad y la alta funcionalidad, aunque por dentro solo haya mucho cansancio y nos encontremos muy saturados/as por el ritmo de vida que llevamos. A pesar de ello, seguimos en marcha. A corto plazo, hacer más puede reducir la ansiedad, ya que nos da sensación de control; sin embargo, a largo plazo, se mantiene el ciclo de autoexigencia y empiezan a aparecer consecuencias negativas, como burnout («estar quemados»).
Por lo tanto, el problema no es ser una persona que se implique, o que sea responsable y capaz, sino el sentirnos condicionados a no parar nunca, a no escuchar nuestras necesidades y ver el descanso como un generador de culpa.
Señales de ansiedad de alta funcionalidad en el día a día
La mayoría de las personas estamos inmersas en la ansiedad unida a esta alta funcionalidad. El día a día se vive con sensación constante de estar en marcha, cumpliendo todas las responsabilidades, llegando a todo, sumando más tareas y respondiendo a todo lo que se espera de nosotros, pero siendo incapaces de desconectar.
- El descanso se vive como un espacio donde aparece cierta inquietud y la sensación de que «debería estar haciendo algo provechoso».
- La mente está pensando en la próxima tarea que debo hacer, o en aquello que se quedó a medio y debería terminar cuanto antes.
- Cuando he conseguido algo de lo que me había propuesto, aparece un nuevo objetivo rápidamente, lo que hace que nuestra sensación de logro no dure demasiado. Nuestra atención está puesta en seguir cumpliendo objetivos, en lugar de disfrutar el camino.
- Suele aparecer una gran dificultad para delegar, no porque no creamos que otras personas son capaces, sino porque implicar a otros puede suponer soltar el control, dando lugar a que las cosas no sean exactamente como uno espera.
- Puede aparecer una hiperresponsabilidad, lo que nos lleva a asumir más y más tareas de las que nos corresponden, o a estar pendiente de todo y de todos, sintiéndose mal por parar.
Desde fuera, todo esta alta funcionalidad es percibida como eficacia, organización o compromiso, pero por el contrario, desde dentro se siente como una carrera constante, donde no es posible bajar el ritmo, ya que de hacerlo, hemos perdido la carrera.
Lo que mantiene el patrón, aunque genere malestar
Aunque este ritmo frenético de vida nos cansa tanto, ¿por qué es tan difícil salir de él? La respuesta no tiene que ver con falta de voluntad o de conciencia, sino más bien con cómo funciona la ansiedad.

Cada vez que una persona se esfuerza al máximo, mantiene todo bajo control, adelanta una tarea, o añade una tarea extra a su día, aparece una sensación momentánea de alivio, donde por un momento, ese malestar, esa ansiedad desaparece.
Esa calma momentánea, refuerza la conducta, lo que hace que sin darnos cuenta, nuestro cerebro aprenda que la mejor forma de reducir esa inquietud es seguir haciendo, seguir produciendo o seguir anticipándose.
A corto plazo funciona, pero a largo plazo empeora la situación y mantiene el problema.
Por otro lado, bajar el ritmo conlleva algo que muchas veces evitamos sin ser conscientes, pues supone estar en contacto con el propio malestar. Cuando desaparece esa activación constante, puede aparecer cansancio acumulado, la autoexigencia, la duda o creencia de no ser suficiente. Mantenerse en movimiento y haciendo cosas durante todo el día, no solo hace que se organice el día y se torne como productivo, sino que además, actúa de forma que no nos permita conectar con esas emociones.
La ansiedad y la alta funcionalidad se mantienen porque durante mucho tiempo nos ha sido de gran utilidad para gestionar la ansiedad, sentirnos válidos/as y recibir reconocimiento externo. Por eso es tan importante entender el mecanismo que lo mantiene, ya que nos ayudará a mirarlo como una estrategia que nos ayudó en un momento de nuestra vida, y no como un fallo personal, comprendiendo que ahora tiene un alto coste, con consecuencias negativas para nuestra salud.
¿Qué puede ayudar a salir de este modo de funcionamiento?
Dejar a un lado la ansiedad de alta funcionalidad no significa necesariamente dejar de ser una persona responsable, productiva o capaz. El objetivo es aprender a vivir sin esa sensación constante de alerta interna, escuchando a nuestro cuerpo, y parando cuando sea necesario.
Uno de los primeros pasos es tomar consciencia de cómo se ha construido este patrón en nuestra vida y entender que fue algo que nos ayudó a adaptarnos al contexto y a sentirnos mejor y más válidos. Mirándonos con comprensión, siendo comprensivos con nosotros mismos, esto nos ayudará a sustituir esa autoexigencia por una actitud más positiva.
En muchas ocasiones, en terapia se trabaja para flexibilizar los estándares de las personas. Es importante interiorizar algunos cambios, como por el ejemplo el «debería» o «tengo que» por el «me apetecería» o «me gustaría». Estos cambios no significan conformismo, sino más bien una ayuda para reducir esa presión que a largo plazo es insostenible. Por lo que poco a poco, se van haciendo más cosas sin ese nivel de control y viendo que todo sigue bien.
También es crucial aprender a descansar sin culpa. Viendo el descanso como una necesidad básica que todos tenemos, y no como un premio tras haber terminado una tarea. De esta manera, el descanso deja de ser una pérdida de tiempo, para convertirse en una forma de cuidado.

Es importante separar el rendimiento del valor personal, ya que nuestra autoestima no debe depender exclusivamente de lo que se hace, sino que depende de muchas más áreas. Empezar a reconocerse en esas áreas nos ayudará a construir una sensación de valía más estable.
Por último, es importante trabajar para reconectar con el cuerpo y las señales que este nos envía. La ansiedad de alta funcionalidad suele vivirse mucho desde la mente, pero poco desde las emociones. Aprender a detectar algunas señales como saturación, cansancio o la sensación de estar llegando al límite, nos ayudará a llevar a cabo el cambio y a parar a tiempo.
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