Introducción: ¿Por qué me apago cuando hace mal tiempo?
Cuando los días se vuelven grises por el mal tiempo, es normal notar que tu estado de ánimo se torna también un poco gris. Te cuesta arrancar, te apetece menos socializar, baja tu energía y tu mente se vuelve más lenta. O al revés: te notas más irritable, como si todo molestara un poco más de lo normal.
La investigación sugiere que el tiempo (y sobre todo la luz) puede influir en nuestro bienestar y estado emocional, aunque los efectos suelen ser pequeños y variables según la persona y el contexto. Hay estudios grandes que han encontrado asociaciones débiles entre condiciones meteorológicas concretas y el estado de ánimo, lo que encaja con esa experiencia de ‘me afecta, pero no siempre igual’. Y al mismo tiempo, revisiones recientes señalan que el clima puede influir indirectamente en el bienestar al afectar a nuestro cuerpo, nuestras emociones y nuestros patrones de actividad y relación social.
Muchas veces el mal tiempo no actúa como una única causa, sino como un amplificador. Si ya vienes con estrés acumulado, sueño irregular, con poca rutina o con cierta vulnerabilidad emocional, los días nublados pueden sentirse como el empujoncito que inclina la balanza. En cambio, si estás en un momento de estabilidad, quizá lo notas como una ligera baja de energía…. y poco más.
Como veremos más adelante, será importante saber diferenciar entre dos situaciones. Una es el bajón puntual o el cambio de humor que aparece en días grises: algo frecuente y normalmente transitorio. Otra es cuando existe un patrón estacional más claro (cada otoño-invierno), con síntomas que duran semanas y afectan al funcionamiento. En ese caso se puede hablar de trastorno afectivo estacional (SAD). No es algo alarmante, pero sí para ponerle nombre cuando lo que pasa deja de ser ‘un día tonto’ y se convierte en un ciclo repetido.
Y luego, hay personas que sienten el clima también en el cuerpo, con más fatiga, dolor o sensación de debilidad, y eso repercute en el ánimo. A esto se le ha llamado meteoropatía o sensibilidad a cambios meteorológicos, descrita en revisiones como un fenómeno que puede incluir cambios de humor entre sus manifestaciones.

Con todo esto, la intención de este blog es ayudarte a entender qué sabemos sobre la relación entre el mal tiempo y el estado de ánimo, así como qué cosas pueden ayudarte a transitar estos días con un poco más de calma, energía y autocuidado. Porque si algo se repite en consulta es esto: cuando entiendes lo que te pasa, te culpas menos… y esto ya genera un poco de alivio.
¿Qué dice la investigación?
Cuando hablamos de ‘mal tiempo’ y estado de ánimo, es fácil caer en dos extremos: o pensar que es un mito, o creer que el clima lo explica todo. La evidencia científica apunta a un punto intermedio: sí puede influir, pero suele hacerlo de manera moderada y, sobre todo, no igual en todas las personas.
A nivel general, los estudios que han intentado medir esto en grandes muestras suelen encontrar que variables como la nubosidad, la lluvia o la falta de sol se asocian con un estado de ánimo ligeramente más bajo o con expresiones emocionales más negativas. Por ejemplo, un trabajo muy citado analizó millones de publicaciones en redes sociales y encontró que condiciones como precipitación, humedad o nubosidad se relacionaban con una expresión de sentimiento más negativa, incluso cuando se filtraban mensajes que hablaban explícitamente del tiempo (es decir, no era solo ‘me quejo de la lluvia’, sino un cambio más general en el tono emocional).
Ahora bien, este tipo de estudios nos dicen algo importante: el efecto existe, pero no necesariamente gigantesco. Es como una ‘corriente de fondo‘ que puede inclinar un poco el día hacia un lado u otro. Y eso encaja bastante con la experiencia cotidiana: hay gente a la que le baja la energía cuando el cielo está gris, y gente a al que apenas le afecta.
Además, cuando se estudia el clima con diarios de ánimo (personas que registran cómo se sienten cada día y se cruza con datos meteorológicos reales), se observa algo parecido: la luz solar suele relacionarse con más afecto positivo, mientras que la precipitación o ciertos cambios meteorológicos se asocian a más cansancio o peor estado anímico, aunque con diferencias individuales claras.
El tiempo influye en el bienestar modificando estado fisiológico, emoción y patrones de interacción social
¿Por qué a unas personas les afecta más que a otras?
Porque hay factores que hacen que el ‘impacto’ del clima se note más:

Por qué los días grises pueden pesar más
Cuando el tiempo se vuelve feo, también cambia cómo funciona todo nuestro cuerpo durante el día y, en consecuencia, cómo se siente nuestra mente. No hace falta que el clima sea el ‘culpable’ de todo para que tenga impacto: a veces actúa como un factor que empuja un poco hacia el cansancio, la apatía o la irritabilidad. Y la ciencia ha propuesto varios mecanismos que ayudan a entender por qué se relacionan el mal tiempo y el estado de ánimo.
Menos luz

El ingrediente más importante aquí es la luz natural. No solo por ver el sol, sino porque la luz es una señal biológica que ayuda a sincronizar el reloj interno: cuándo el cuerpo se activa, cuándo se relaja y cuándo le entra sueño. Cuando hay menos luz (o pasamos más tiempo dentro de casa), esa señal se vuelve más débil y es más fácil que aparezcan sensaciones típicas de invierno: más somnolencia, más dificultad para arrancar y una energía más baja. En el caso del patrón estacional (SAD), se describe precisamente esa relación entre menos luz, desajuste del ritmo circadiano y cambios en sustancias que influyen en ánimo y sueño.
Cambia tu comportamiento
El mal tiempo y el estado de ánimo se relacionan porque cuando el clima cambia, también cambia lo que hacemos. Con lluvia o frío es más probable que:
- Salgamos menos
- Caminemos menos
- Veamos menos gente
- Pasemos más horas en interiores
Y esto es crucial: muchas veces el ánimo no baja solo por el cielo, sino porque el día tiene menos estímulos que lo aumentan (luz, movimiento, contacto social, aire libre). Hay investigaciones recientes que analizan justo esa interacción entre tiempo, actividad física y estado depresivo: el clima puede afectar el ánimo en parte porque reduce la actividad y altera rutinas.
Además, cuando se repite la secuencia: peor tiempo ➡ menos actividad, es normal que aparezca una sensación de estancamiento: no porque estés ‘dejándote’, sino porque el contexto empuja a un estilo de vida más cerrado.
El mal tiempo se nota también en el cuerpo
Hay un grupo de personas que se consideran más sensibles al clima. No solo se sienten más tristes: pueden notar también dolor de cabeza, cansancio, tensión muscular, pesadez o cambios de humor cuando hay cambios de presión, humedad o temperatura. Este fenómeno se describe en revisiones con el término de ‘meteoropatía’, y entre sus síntomas se incluyen precisamente el malestar físico y los cambios de ánimo, que tienden a mejorar cuando el tiempo se estabiliza.
Esto ayuda a entender por qué a veces no es solo ‘me siento más apagado/a’: puede haber una base corporal real (fatiga, dolor, sueño más alterado) que hace que el ánimo sea más vulnerable.

Cuando no es solo un día gris: el patrón estacional
Una cosa es notar que con lluvia te apetece menos hacer planes o te sientes algo más pagada. Eso le pasa a muchísima gente y suele ser pasajero. Pero otra cosa distinta es cuando el ‘bajón’ se vuelve repetitivo y predecible: cada año, cuando llegan los meses con menos luz, aparece un conjunto de síntomas que duran semanas y afectan a tu vida diaria. Ahí es cuando hablamos de un posible patrón estacional.
En salud mental existe un término bastante conocido: trastorno afectivo estacional (SAD). Es un tipo de depresión que suele comenzar en otoño, se intensifica en invierno y mejora en primavera. Organizamos como el NHS lo describen precisamente así: síntomas depresivos que aparecen en una época concreta del año, especialmente en los meses con menos luz.
¿Cómo se suele manifestar?
Además de los síntomas típicos de depresión (ánimo bajo, menos interés por cosas que antes apetecían), en el patrón invernal hay algunas señales que se repiten mucho:
- Cansancio marcado o sensación de que no tienes energía aunque duermas.
- Dormir más de lo habitual (o sentir somnolencia durante el día).
- Más apetito, a veces con antojo de hidratos de carbono o platos más accesibles y que conllevan menos preparación.
- Menos energía social: aislarse más o evitar planes.
¿Por qué ocurre?
La explicación más aceptada se centra en la luz como señal biológica. Cuando hay menos horas de luz (y además pasamos más horas en sitios de interior), el cuerpo puede desajustar su ritmo interno, haciendo que cueste mas activarse por las mañanas, aumenta la somnolencia y el estado de ánimo puede volverse más frágil. En revisiones clínicas se habla de esa relación entre menos luz, ritmos circadianos y ánimo, y por eso la intervención con luz puede ser una herramienta relevante para combatir esa relación entre el mal tiempo y el estado de ánimo.
Qué puede ayudarte a ‘combatir’ el mal tiempo
Combatir el mal tiempo no consiste en forzarte a estar bien ni en fingir energía, sino en cuidar de forma realista las señales básicas de bienestar que sostienen al cuerpo y, por extensión, a la mente. La idea central es que, si el clima te baja el ánimo, suele ayudar más proteger esos pilares cotidianos que buscar soluciones milagrosas o caer en discursos de autoayuda.
En ese cuidado, la luz aparece como el factor más importante: no hace falta que haga sol para beneficiarte de la luz natural, porque incluso en días nublados estar fuera aporta mucha más iluminación que permanecer en interiores. Por eso, cuando hay tendencia al bajón estacional, se recomienda aumentar la exposición a la luz por la mañana y, en algunos casos, valorar la terapia de luz con orientación profesional, no para “animarte” a la fuerza, sino para darle al cuerpo una señal clara de que es de día y así ayudar a regular energía y sueño. Junto a esto, mantener una rutina mínima —una hora de levantarte más o menos estable, comidas razonablemente ordenadas y un rato de actividad— evita que los días grises rompan la estructura y te vuelvan más vulnerable.
También se subraya que, cuando el ánimo cae, esperar a “tener ganas” puede dejarte atrapado en la apatía, porque la motivación a menudo aparece después de la acción. Por eso conviene sostener un mínimo de movimiento y actividad cotidiana, además de cuidar el vínculo social aunque sea con planes tranquilos, ya que la lluvia tiende a aislarnos y el aislamiento puede amplificar estrés o rumiación.

Cuándo pedir ayuda
Que el mal tiempo te afecte no es raro. Pero conviene pedir ayuda cuando deja de ser un bajón puntual y pasa a convertirse en un patrón que te limita. Por ejemplo, si durante dos semanas o más notas ánimo bajo casi a diario, pérdida clara de interés por cosas que normalmente te apetece hacer, fatiga muy marcada, cambios importantes de sueño (sobre todo dormir mucho y aun así levantarte sin energía), aumento del apetito con antojos frecuentes, dificultad para concentrarte o aislamiento social. Ese conjunto de señales encaja con lo que se describe en el trastorno afectivo estacional (SAD), que suele aparecer en los meses con menos luz y mejorar en primavera.
También es recomendable consultar si el invierno te ‘desmotiva’ cada año de forma parecida, si notas que el cuerpo se te hace cuesta arriba con dolores, cansancio y eso te cambia el humor, o si el malestar te lleva a estrategias que te hacen daño (aislarte por completo, descuidarte, consumo). La idea no es poner etiquetas, sino entender qué te pasa y prevenir que se cronifique.
Y, por supuesto, si aparecen ideas de hacerte daño o desesperanza intensa, eso es motivo para pedir ayuda de inmediato al número de emergencias 112 o al 024 para conducta suicida.
Conclusión sobre el mal tiempo y el estado de ánimo
El mal tiempo y el estado de ánimo tienen relación porque no solo cambian el paisaje: cambian tu exposición a la luz, tus ritmos (sueño-energía) y tu tendencia a moverte, salir o ver gente. Para algunas personas ese efecto es leve; para otras, se convierte en un patrón estacional más claro.
Lo importante es detectar que, si el invierno te pesa, no es debilidad. Es una interacción entre biología, hábitos y contexto. Y si cada año se repite con intensidad o te limite, pedir ayuda profesional puede darte un marco y opciones con respaldo, como intervenciones psicológicas y, en algunos casos, terapia de luz o abordajes combinados según tus necesidades.
Bibliografía
- Chen, Z. W., et al. (2024). Treatment measures for seasonal affective disorder. Journal of Affective Disorders. (Resumen en ScienceDirect).
- Galima, S. V., & colleagues. (2020). Seasonal affective disorder: Common questions and answers. American Family Physician, 102(11), 668–676.
- Hoxha, M., et al. (2023). Meteoropathy: A review on the current state of knowledge. Frontiers in Psychiatry.
- Munir, S., & colleagues. (2024). Seasonal affective disorder. In StatPearls. StatPearls Publishing.
Si te has sentido identificadx y estás pensando en acudir a terapia porque el mal tiempo te afecta demasiado en tu día a día, puedes encontrarnos en la Clínica de Psicología Marisol Sánchez (Hellín, Albacete) somos un grupo de cuatro psicólogas que trabajamos desde un enfoque multidisciplinar, cercano y profesional. ¡Aunque también estamos en modalidad online!

