Cuando evitar sentir se convierte en el problema
Muchas veces pensamos que el problema son las emociones un poco más difíciles de transitar como la tristeza, el miedo o la frustración. Sin embargo, en muchas ocasiones el malestar y el sufrimiento proviene no tanto de lo que sentimos, sino más bien de aquello que hacemos para intentar no sentirlo.
Evitar emociones desagradables es un acto muy humano. Suele general alivio a corto plazo, unido a sensación de control sobre la situación que se está viviendo. Pero cuando esta estrategia se convierte en la forma habitual de relacionarlos, puede hacer que el malestar se mantenga en el tiempo e incluso puede amplificarse.

¿Qué es la evitación emocional?
La evitación emocional se refiere a aquella tendencia a intentar alejar o evitar emociones que resultan desagradables o incómodas. Suele ser una estrategia muy común y completamente humana, pues cuando algo nos hace sentir mal, lo más natural es intentar apartarlo o distraernos con otra cosa para no tener que experimentarlo.
En muchas ocasiones, esta evitación no es consciente. Puede darse en pequeñas conductas del día a día, como mantenernos constantemente ocupados para no pensar en algo que nos preocupa, evitar conversaciones difíciles, distraernos con el móvil o posponer situaciones que nos generan incomodidad. En otras ocasiones, se manifiesta en hábitos que utilizamos para adormecer o reducir el malestar emocional.
El problema no es que intentemos protegernos de las situaciones difíciles. De hecho, nuestro cerebro va a intentar buscar seguridad y evitar aquello que podemos percibir como una amenaza. Sin embargo, cuando la evitación se convierte en la forma principal de gestionar el malestar, puede acabar limitando nuestra capacidad para comprender lo que nos ocurre y afrontar las situaciones que vienen generadas por esas emociones.
Tratar de reprimir o evitar de forma continua el malestar puede tener un efecto contrario, en lugar de desaparecer, en muchas ocasiones las emociones pueden volverse más intensas y permanecer presentes más tiempo.
¿Por qué evitamos sentir?
En muchas ocasiones, sentir una emoción significa sostener un cierto nivel de malestar durante un tiempo. Y no siempre estamos dispuestos a hacerlo. Vivimos en una cultura donde se valora el bienestar constante, así como la productividad y la idea de que deberíamos estar bien la mayor parte del tiempo. De alguna manera, se nos ha transmitido que las emociones incómodas son algo que deberíamos eliminar o resolver de manera rápida para pasarlo lo antes posible, como si sentirse mal no fuera una experiencia normal dentro de la vida.

La evitación emocional no deja de ser una defensa que proporciona nuestro cerebro en un intento de ayudarnos a reducir ese malestar ante una situación difícil o que es interpretada como una amenaza. Por eso es muy común que cuando aparezca una emoción incómoda, rápidamente hagamos algo para que desaparezca. Intentamos distraernos con otra actividad, cambiar el tema de conversación, mantenernos ocupados o evitar ciertas situaciones que nos puedan generar emociones similares.
El problema aparece cuando evitamos de forma constante sentir, ya que también dejamos de escuchar la información que esas emociones o ese malestar nos quieren transmitir o nos pueden aportar.
Es importante saber que las emociones cumplen una función, la de ayudarnos a detectar necesidades, comprender los que nos está afectando y también a tomar decisiones en nuestra vida.
Aprender a relacionarnos de otra manera con esas emociones y la posibilidad de que aparezca cierto malestar no significa resignarse al sufrimiento, sino desarrollar una capacidad que nos ayudará a tolerar cierto malestar temporal, para procesarlo y seguir adelante de forma más consciente y en muchos casos, con un nuevo aprendizaje.
¿Por qué funciona a corto plazo pero se mantiene a largo plazo?
La evitación emocional suele mantenerse porque al principio funciona muy bien. Cuando evitamos alguna situación que nos genera ansiedad o malestar, como el cambiar de tema o distraernos con otra cosa para no pensar en alguna preocupación, el malestar disminuye momentáneamente. De repente, aparece una sensación de alivio inmediato que le cuenta a nuestro cerebro que, tras evitar, nos encontramos mucho mejor. Y claro, nuestro cerebro aprender que evitar es una forma eficaz de reducir la incomodidad.
A esto se le llama refuerzo negativo, es decir, tenderemos a repetir esa conducta, porque al hacerlo, eliminamos esa sensación desagradable.
¿Pero cuál es el problema entonces? Pues el problema está en que, aunque en ese momento el malestar ha desaparecido, el problema que lo genera sigue presente, sin resolver. ¿Te puedes imaginar qué volverá a pasar? Exacto, ese malestar vuelve a aparecer.

Si aquello que evitamos sigue presente, en muchos casos puede hacerse más grande. Además, cuanto más evitamos ciertas emociones o situaciones, menos oportunidades de comprobar que somos capaces de afrontarlas aparecen. Esto puede hacer que la sensación de amenaza aumente y que cada vez resulte más difícil enfrentarse a aquello que queríamos evitar.
¿Qué ayuda a relacionarnos de otra manera con las emociones?
Que cambiemos la forma de relacionarnos con nuestras emociones no significa que vayamos a dejar de sentir malestar. Las emociones difíciles forman parte de la vida, y en muchos casos, aparecen porque algo importante para nosotros está ocurriendo. Por lo tanto, el objetivo no es eliminarlas, sino aprender a escucharlas y atravesarlas sin que dirijan completamente cada una de nuestras decisiones.
Es importante en un primer paso, saber reconocer y nombrar lo que estamos sintiendo. Esto puede ayudarnos a no apartar una emoción sin detenernos a comprender el motivo por el que ha aparecido y lo que nos está queriendo decir. De este modo, puede que nos ayude a entender mejor nuestras necesidades y aquello que nos está afectando.

Además, es muy útil y también necesario desarrollar cierta tolerancia al malestar. Sentir miedo, tristeza o frustración en algunos momentos no significa que algo esté mal en nosotros. En muchas ocasiones, permitir que la emoción esté presente con nosotros sin evitarla o reprimirla facilita que vaya disminuyendo con el tiempo.
Una estrategia para ello, consiste en exponernos de forma gradual a aquello que tendemos a evitar. Afrontar conversaciones que nos ponen los pelos de punta, tomar decisiones difíciles o enfrentar situaciones incómodas puede ayudarnos a comprobar que somos capaces de manejar esas experiencias. De esta manera, se reduce la sensación de amenaza que interpretamos junto a ellas.
Por último, en algunos casos puede ser útil contar con acompañamiento psicológico. En terapia se trabaja precisamente a aprender las emociones, a regularlas de una manera más saludable y a aprender recursos para afrontar aquello que genera malestar.
Aprender a sentir también es parte del proceso de bienestar y crecimiento personal.
Bibliografía
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