Introducción: qué es la resiliencia y por qué importa en tu día a día
En psicología, resiliencia no significa ‘aguantarlo todo sin pestañear’, ni poner buena cara a lo que duele. Hablamos de la capacidad de adaptarnos y recuperarnos tras situaciones difíciles (pérdidas, cambios, estrés, enfermedad, rupturas…), aprendiendo algo útil en el proceso. Es una habilidad que se puede cultivar con la práctica, apoyo y buenos hábitos; no es un ras0go fijo con el que ‘se nace o no’.
¿Por qué ahora se habla tanto de resiliencia? Porque vivimos con ritmos exigentes y transiciones constantes: mudanzas, trabajos inestables, conciliación, redes sociales… Todo eso añade presión. La resiliencia es el ‘amortiguador’ que nos permite seguir funcionando con dignidad, pedir ayuda cuando hace falta y recuperar el equilibrio sin exigirnos perfección.
Además, la resiliencia no es solo individual: también es relacional y contextual. Se fortalece con redes afectivas que escuchan, con límites sanos, con rutinas de autocuidado realistas y con entornos (familia, trabajo, comunidad) que no ponen trabajas.
Imagina tres escenas cotidianas:
- Te dan una mala noticia laboral y pides apoyo antes de quedarte rumiando a solas.
- Llevas semanas cansado/a y reajustas expectativas, regresando a lo básico: sueño, comida sencilla, un paseo.
- Tras una discusión en pareja, reparas con una conversación sin reproches y un acuerdo pequeño para la próxima.
En las tres, hay resiliencia: reconocer lo que hay, cuidarte y actuar de forma proporcionada.
La resiliencia no niega el malestar.
Lo reconoce y lo regula.
Puedes estar triste, enfadado/a con miedo y, al miso tiempo, dar pasos pequeños que te cuidan (dormir un poco mejor, ordenar una tarea, hablar con alguien de confianza). Así, cuando movemos una pieza pequeña pero concreta, baja la sensación de desbordamiento y aparece algo de calma.
Definición psicológica de resiliencia
En psicología, la resiliencia se define como la capacidad de una persona para adaptarse positivamente frente a la adversidad, el trauma, la tragedia, las amenazas o incluso fuentes importantes de estrés. Dicho en un lenguaje más cotidiano: es la habilidad de caerse, sentir el golpe y levantarse de nuevo, a veces incluso con aprendizajes o recursos nuevos.
No significa que no duela o que no haya sufrimientos; significa que, a pesar de eso, encontramos formas de seguir adelante y de recuperar cierto equilibrio.

Resiliencia no es lo mismo que ‘aguantar’
Un error muy común es pensar que ser resiliente es no quebrarse nunca o ‘aguantar con buena cara’. Eso no es resiliencia, eso es resignación o evitación.

La verdadera resiliencia implica permitirse sentir, reconocer que algo nos duele, y al mismo tiempo activar recursos internos y externos que nos ayudan a no quedarnos atrapados en ese dolor.
Ejemplo práctico:
- Aguantar sería seguir trabajando sin parar tras una ruptura, ignorando emociones y forzando al cuerpo.
- Resiliencia sería reconocer el malestar, hablar con alguien de confianza, mantener rutinas mínimas de autocuidado y, poco a poco, retomar proyectos personales.
Una definición desde la psicología científica
Autores como Ann Masten (2001) definen la resiliencia como ‘la capacidad humana ordinaria para adaptarse a la adversidad, al trauma y al estrés’. Ella la llama ‘ordinary magic’ (‘magia ordinaria’) porque no requiere superpoderes: es algo que todos tenemos en mayor o menor medida y que podemos fortalecer.
En 2014, la American Psychological Association (APA) subrayaba que la resiliencia no es un rasgo fijo, sino un proceso dinámico que incluye conductas, pensamientos y acciones que cualquiera puede aprender y desarrollar.
Diferencias entre resistir y crecer
La resiliencia puede tener dos formas complementarias:
Resistencia
Mantener el funcionamiento básico pese a la dificultad (seguir trabajando, cuidando de ti y de los tuyos).
Crecimiento
Aprender algo valioso tras la experiencia (nuevas prioridades, habilidades de afrontamiento, más empatía)
Una capacidad que se puede entrenar

Desde la psicología sabemos que la resiliencia se apoya en varios pilares:
- Recursos internos: autoestima, regulación emocional, flexibilidad para reinterpretar lo que ocurre.
- Recursos externos: apoyo social, familia, amistades, pareja, comunidad.
- Hábitos protectores: descanso, alimentación adecuada, movimiento, rutinas de autocuidado.
La combinación de estos factores hace que la resiliencia no sea innata, sino entrenable. Cuidar de tu cuerpo, tu mente y tus relaciones aumenta tu ‘colchón psicológico’ frente a lo inesperado.
Mitos sobre la resiliencia
Hablar de resiliencia se ha puesto de moda, pero junto con su popularidad han aparecido muchos malentendidos que hacen que las personas nos frustremos o creamos que ‘no somos lo bastante fuertes’.

‘Ser resiliente es no sentir dolor’
La resiliencia no consiste en ser de piedra.
Una persona resiliente sí siente tristeza, miedo, rabia… pero no se queda atrapada en esas emociones. Les da un espacio, las regula y busca maneras de cuidarse.
‘O se nace resiliente o no se es’
La resiliencia no es un rasgo fijo, es un proceso dinámico.
Claro que hay temperamentos más flexibles de base, pero las investigaciones muestran que la resiliencia se puede aprender y fortalecer con habilidades de regulación emocional, reinterpretación cognitiva, apoyo social, hábitos de autocuidado.
‘Ser resiliente significa volver a ser exactamente el mismo de antes’
Después de un golpe vital no siempre volvemos al punto inicial. A veces recuperamos gran parte de la normalidad, otras cambiamos de rumbo o ajustamos expectativas. Eso también es resiliencia. No es ‘volver igual’, es reorganizarse para seguir adelante.
‘Si no aprendo nada positivo de la adversidad, no soy resiliente’
No todas las experiencias dolorosas dejan ‘crecimiento personal’ inmediato.
A veces la resiliencia es simplemente sobrevivir, mantener rutinas mínimas y no hundirse del todo. Eso ya es valioso. El aprendizaje puede llegar mucho después… o no llegar nunca, y aun así eres resiliente.
Factores que favorecen la resiliencia
Imagina la resiliencia como una especie de colchón psicológico: cuanto más lo refuerzas con apoyos, hábitos y habilidades, mejor amortigua los golpes de la vida.
Recursos externos
– Apoyo social: contar con personas que escuchan, validan y ofrecen ayuda práctica.
– Modelos positivos: ver a otras personas que han atravesado dificultades y se han recuperado aumenta la esperanza y la autoeficacia.
– Entorno seguro: vivir en un ambiente donde hay estabilidad favorece que tengamos más recursos para enfrentar adversidades.
– Red comunitaria: actividades culturales, deportivas o de voluntariado refuerzan la pertenencia y reducen el aislamiento.
Recursos internos
– Autoestima realista: confiar en que ‘puedo con esto’ sin necesidad de ser perfecto/a. No es inflarse de ego, es reconocer fortalezas y límites.
– Regulación emocional: saber identificar y modular lo que sentimos. Esto no significa reprimir, sino dar espacio al dolor sin qudarnos atrapados en él.
– Flexibilidad cognitiva: la capacidad de ver una situación desde distintos ángulos, reinterpretar lo que pasa y encontrar alternativas.
Resiliencia como amortiguador
La resiliencia está íntimamente relacionada con el bienestar psicológico. La evidencia que apunta a la resiliencia como un factor protector frente a distintos trastornos y como un amortiguador del estrés, podría resumirse en los siguientes puntos:
- Las personas con mayor resiliencia tienden a experimentar menos síntomas depresivos y ansiosos tras situaciones adversas. Esto se debe a que ponen en marcha estrategias de afrontamiento más adaptativas (buscar apoyo, reinterpretar la situación, mantener rutinas).
- La resiliencia modula la respuesta fisiológica al estrés (cortisol, inflamación), disminuyendo los efectos a largo plazo en la salud mental y física (Uchino, 2006).
- Sentirse capaz de superar dificultades refuerza la confianza personal. Esa autoeficacia percibida protege frente a recaídas emocionales.
- La resiliencia no solo se apoya en lo individual, también en el apoyo social. La teoría del buffering (Cohen & Wills, 1985) muestra cómo contar con vínculos cercanos reduce el impacto de los eventos vitales estresantes.

Conclusión
La resiliencia no es un rasgo fijo ni un talento reservado a unos pocos. Es, más bien, un proceso humano, cotidiano y entrenable que nos permite afrontar las dificultades sin negarlas, cuidarnos en medio de la tormenta y, poco a poco, recuperar el equilibrio.
Como psicóloga, me gusta subrayar que resiliencia no significa no sufrir: significa reconocer lo que duele, permitirnos sentir y, al mismo tiempo, activar los recursos internos (autoestima, regulación emocional, flexibilidad) y externos (apoyo social, entorno seguro) que hacen que la carga sea más llevadera.
Cultivar resiliencia no implica ser invulnerables ni crecer siempre de la adversidad. A veces, simplemente se trata de seguir de pie, mantener rutinas básicas y pedir ayuda a tiempo. Y eso ya es un acto de fortaleza.
Bibliografía
- Bonanno, G. A. (2004). Loss, trauma, and human resilience. American Psychologist, 59(1), 20–28.
- Herrman, H., Stewart, D. E., Diaz-Granados, N., et al. (2011). What is resilience? Canadian Journal of Psychiatry, 56(5), 258–265.
- Luthar, S. S., Cicchetti, D., & Becker, B. (2000). The construct of resilience. Child Development, 71(3), 543–562.
- Masten, A. S. (2001). Ordinary magic: Resilience processes in development. American Psychologist, 56(3), 227–238.
- Rutter, M. (2012). Resilience as a dynamic concept. Development and Psychopathology, 24(2), 335–344.
- Southwick, S. M., & Charney, D. S. (2012). The science of resilience. Science, 338(6103), 79–82.
- Uchino, B. N. (2006). Social support and health. Journal of Behavioral Medicine, 29(4), 377–387.
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